05 de Diciembre de 2009
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Relatos
Me ronda una fantasía y quiero compartirla, así a la vez que la plasmo en pantalla me hago disfrutar otra vez…
Imagino que estoy en una cena benéfica, muy formal, en una mesa de exquisitas maneras, mantelería cuidada, y cubertería y cristalería de lujo. Todo perfecto. Estoy sentada con algunas parejas que en su mayoría son extranjeras. Como de costumbre, en una mesa donde solo hay desconocidos, la conversación es aburrida y artificial y, en el mejor de los casos, educada. Pongo una sonrisa en "piloto automático" y me resigno a que los minutos pasen con lentitud y sin expectativas de que cambie mi suerte, cuando noto algo suave que toca mis piernas, cruzadas bajo el largo mantel. Miro a los comensales de alrededor pero nadie parece haber cambiado su erecta posición. En el momento que decido olvidarme del asunto, siento un cosquilleo en mi tobillo, la tibia humedad de un aliento, una voz que me susurra palabras que no logro descifrar.
En ese momento me quita un zapato y ahogo el grito que me provoca un tierno beso en el puente del pie. La húmeda lengua de este anónimo amante recorre de manera vigorosa los dedos de mi pie enfundados en unas finas medias de seda.
Lucho por no reaccionar ante tanta provocación y vuelvo a mirar las caras de mis acompañantes. Nadie parece ser cómplice de lo que sucede bajo la mesa, son ajenos al otro festín en el cual yo soy el deseado manjar. Mientras intento decidir lo que debo hacer, una mano se desliza hacia mis rodillas y descruza delicadamente mis piernas, mi respiración se vuelve irregular anticipándose a lo que será el próximo movimiento. Deseo ver quien es mi invisible seductor, pero la excitante situación me tiene paralizada, no quiero que desaparezca .Continuo con la sonrisa más educada que puedo mientras me pregunto cuanto tiempo más podré aguantar sin reaccionar. Su boca recorre mis muslos, humedeciéndolos, abriendo el camino hacia arriba. Temo que mi cara lo este desvelando todo, mi respiración debe ser muy fuerte y puede delatarme. Cierro la boca y trago saliva tratando con ansiedad de mantener la compostura, pero cierta parte de mi vagina se está hinchando y siento como los espasmos me hacen desear que mis caderas se muevan en un vaivén desenfrenado.
Esa noche me puse medias de seda negras y provocativas braguitas de encaje para satisfacer a mi acompañante a quien había dedicado estos coquetos trapitos. Tengo que sofocar una sonrisa cuando pienso en el papel de seductora que quería interpretar para él más avanzada la noche, sin embargo, hoy he resultado ser la seducida. Me pregunto si alguien puede oler la excitación que bulle bajo mi calma exterior.
Se acerca el camarero excitándome aún más con la simple idea de que de repente se une a la fiestecita. Entonces retira el plato que apenas he tocado. Nos sirve un sofisticado postre de crema con virutas de chocolate, coronado con una frambuesa y una hojita de menta. Le doy las gracias con una coqueta sonrisa que se convierte en un pequeño gemido al tiempo que la lengua roza el borde de mis braguitas. Mis párpados se cierran para no mostrar como mis ojos giran sugerentes hasta el final de su órbita. Me estremezco y echo una mirada alrededor de la mesa, sin preocuparme ya de lo que pueda pensar la gente que me rodea. Me quedé mirando fijamente el postre mientras unos suaves labios comienzan una rítmica succión de mi dulce "botoncito del placer". En este momento todos los límites y reparos anteriores se borraron de mi mente y lo único que podía pensar era: "No pares ahora, no pares… por favor". Disimuladamente me cubrí el hombro derecho con mi mano y rocé el duro y tieso pezón excitado con el antebrazo a través del fino vestido. Lo acariciaba coordinadamente con esa ansiosa boca que reposaba en mi perfumado "rincón". El ritmo se iba acelerando y cogí la pequeña frambuesa del postre llevándola desesperadamente a mi boca. Me siento atrapada en lo que parece una sensación de eterna suspensión, que late "in crescendo" hasta su punto culminante. Un tremendo calor emana desde mi epicentro y se propaga por mi cuello y cara. Mi cuerpo arde y da paso a la explosión de placer. El flujo se desliza entre mis piernas y es ávidamente acogido por mi compañero más íntimo, que ya no es un extraño, sino un amigo entrañable. La lengua recorre lentamente cada pliegue y recoveco, saboreando y sorbiendo cada gota del néctar mientras yo todavía me estremezco. Esta marea secreta va paulatinamente menguando, y unos finos dedos reponen delicadamente mis braguitas, como guardando este latente combustible para futuros juegos de artificio. Entonces las manos bajan por mis piernas hasta su punto de partida, me ponen los zapatos uno a uno y la boca misteriosa le da un beso a cada pie como educada despedida.
Me doy cuenta de que estoy temblando y de que todavía tengo la frambuesa entre mis labios. La introduzco en mi boca y miro mi reflejo en el espejo del plato, esperando ver la misteriosa transformación de mi rostro marcado por el placer....
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