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Toda mi vida he sido un fetichista de la lencería. Me encanta el cuerpo de una mujer desnuda, pero una pieza de ropa suave y sedosa, cubriendo lo justo, es algo que siempre he creido que realza infinitamente la belleza femenina.

Por eso, siempre he tenido la propensión de regalar ropa interior a mis amigas, con el no tan oculto deseo de disfrutar posteriormente de la inversión cuando tuviese la oportunidad de ver esos regalos en la percha adecuada. Por alguna extraña razón, las tiendas de lencería suelen estar atendidas por mujeres maduras, muy profesionales y asépticas, que no parecen tener nada que ver con la sensualidad y misterio con que deberían relacionarse las transparencias y los cuerpos semidesnudos.

Sin embargo, aquel día, cuando decidí probar una nueva tienda de lencería buscando el correspondiente regalo, me llevé una agradable sorpresa. Detrás del mostrador se encontraba una chica preciosa, de ojos oscuros y profundos, y largo cabello castaño. Estaba claro que nada más que la propia turgencia sujetaba aquellos pechos de buen tamaño debajo de la camisa blanca no totalmente abrochada, y los pezones se destacaban como perlas debajo de la brillante seda. A la pregunta "Que desea?" solo pude balbucear algo como "err... hummm..." sin sentido durante tres o cuatro eternos segundos, mientras era incapaz de apartar la vista de aquellas sugerentes prominencias.

En un instante ella bajó los ojos siguiendo la dirección de los míos, y luego volvieron a elevarse mientras en su boca se dibujaba una casi indefinida sonrisa de pícara.

"¿Es para un regalo tal vez?" - "Si, si" dije yo, mientras me ruborizaba como un adolescente

"El sujetador de encaje que tenéis en el primer maniquí del escaparate" - "¿Talla 90?" - "Si, si... creo que si" - "¿Tamaño de copa?"

En ese momento me quedé en blanco... no tenía muy claro a que se refería, y no recordaba que me hubiesen hecho antes esa pregunta. Al ver mi cara de pasmo, ella concretó:

"Tiene que ver con el tamaño de los senos... ¿tiene los senos grandes, pequeños...?"

Yo no me había planteado esta cuestión con mucha calma, y lo único que pude hacer es poner el estúpido gesto de tomar unos pechos entre mis manos, quizas esperando de alguna forma que por un instante mis manos recordasen los pechos de mi amiga, y emitiesen algún valor de medida. Obviamente fue todo inútil, y la dependienta añadió:

"¿En comparación con mis pechos?"

Mi amiga tenía, estaba seguro, los pechos más pequeños que ella, pero la vuelta de los senos de la dependienta fantástica a la conversación nubló totalmente mi pensamiento. Antes de que pudiese percatarme de lo que pasaba, la chica, por encima del mostrador, tomó con decisión mi mano derecha con la suya y simultáneamente, como si fuese el gesto más sencillo y habitual del mundo, casi con la sencillez de un parpadeo, se desabrochó el botón más alto de la camisa (en realidad no muy alto).

Por sorpresa llevó rápidamente mi brazo hacia arriba, e introdujo mi mano por debajo de la camisa ahora casi abierta, hasta colocarla sobre su pecho derecho. A la vez, avanzó ligeramente su cara hacia mi, y con los ojos entrecerrados, medio susurrando, preguntó:

"¿los míos los notas más grandes, o más pequeños?"

Entonces mi cuerpo se quedó rígido, el tiempo pareció detenerse, y todo se desdibujo, como si más allá de aquel escote abierto el universo entero hubiese sido cubierto por un cristal esmerilado. Durante un eterno instante mi respiración se detuvo, hasta que un par de segundos (u horas... o minutos, no lo se con seguridad) después, un "¿eh?" de la muchacha mientras volvía a sacar mi mano y se abrochaba la blusa me devolvió de golpe a la realidad.

"esto... humm... los tuyos son... algo mayores... si, creo, si, claramente mayores, seguro" - "perfecto, llévate copa B entonces"

replicó ella, mientras yo no conseguía despertar. Escasos segundos después yo tenía en mi mano una bolsa con la caja del sujetador y el recibo de la tarjeta de crédito, y la muchacha hablaba con un nuevo cliente mientras mi consciencia aun no había superado el momento en que mis dedos rozaron su pezón mientras ella cubría su pecho con la copa de mi mano.

 

Relato cortesía de Dalasexy

Aquí estoy de nuevo, que ganitas de abrir el ordenador y empezar a escribir para contaros lo que hoy me ha pasado.
Bueno pues después de comer he decidido hacer una siestecita.


Cuando he apagado la luz no sé el por qué pero mi cabecita se ha empezado a formar una historia, en la cual yo llevaba un vestidito muy cortito de florecitas y con una buena abertura en el escote, yo me imaginaba en una granja, ufffff, imaginaros yo de granjera jejeje,,, sigo, pues eso yo estaba allí en un establo lleno de vaquitas y estaba sentada en un taburete típico de granja para muñir las vacas , me veía como cogía las tetillas de aquel animal y presionaba para que saliera la leche que iba a parar a un cubo que estaba justo debajo de ella, de repente esa leche me excita, quiero que me salpique el coñito, miro a mi alrededor para ver que no haya nadie que mi mire, pero es que estoy muy excitada, me levanto y me quito las braguitas me siento y abro las piernas, lentamente vuelvo a coger los pechos del animal y empiezo a muñir en dirección a mi coño ummmmmmmmmmmm por dios que placer sentir la leche disparada a presión justo en mi clítoris calentita, me estoy poniendo cardiaca perdida.
Sin que me de cuanta de repente alguien por detrás de mi me coge los pechos con una presión, un deseo que me asusta, giro la cabeza rápidamente y encuentro que es el hijo del granjero que me contrato, esta sudando, supongo que de ver lo que estaba haciendo.

CAMPO DE BATALLA

Nace en las ingles un calor callado,
como un rumor de espuma silencioso.
Su dura mimbre el tulipán precioso
dobla sin agua, vivo y agotado.

Crece en la sangre un desasosegado,
urgente pensamiento belicoso.
La exhausta flor perdida en su reposo
rompe su sueño en la raíz mojado.

Salta la tierra y de su entraña pierde
savia, veneno y alameda verde.
Palpita, cruje, azota, empuja, estalla.

La vida hiende vida en plena vida.
Y aunque la muerte gane la partida,
todo es un campo alegre de batalla.

(Rafael Alberti)

 

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En las dunas de Cabopino existe una importante actividad sexsual, basta fijarte un poco y puedes ver como, entre sus dunas, pasean constantemente hombres solos, generalmente y masajistas orientales. Entre los hombres solos hay mucho mirón y mucho homosexual, habiendo mirones que se te ponen justo delante de vosotros a satirear a tu pareja, lo que llega a molestar.

No era la primera ni sería la última cita liberal y los nervios, ese día de verano, acudían como en cada ocasión. Ese sábado habíamos decidido ir a un chalet que organiza fiestas liberales desde hacía poquito, pero ya se hablaba del buen ambiente del sitio. Ese sábado venía a conocernos una pareja swinger con la que manteníamos una fantástica relación por internet, así que la noche prometía.
Los citamos en un restaurante y allí estaban. Entramos con ese aire, entre tímido y curioso, ante la velada que nos esperaba. Para romper el hielo lo mejor fue pedir unas caipirinhas y así la conversación fue más fluida y amena. Para cuando llegaron los postres ya éramos íntimos y el camarero, cuando se acercaba, entretenía sus movimientos intentando oir nuestra conversación que cada vez se tornaba más picante. Para la última caipirinha se unió otra pareja que físicamente me atrajo bastante. Decidimos poner rumbo a la casa de la que tanto habíamos oído hablar.